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Celular en Clases

“El celular en el Aula” El celular…es una prótesis identitaria de los adolescentes no una perversión en los colegios.   El educador moderno y capacitado, debe alejar  la mirada negativa sobre el teléfono y/o los dispositivos móviles como laptops o notebook; y hacer qué los docentes aprovechen ese aparato para facilitar el acceso a otros mundos que por sí solos…

Mujertop.cl 14-03-2018 / 15:38:42

“El celular en el Aula”

El celular…es una prótesis identitaria de los adolescentes no una perversión en los colegios.

 

El educador moderno y capacitado, debe alejar  la mirada negativa sobre el teléfono y/o los dispositivos móviles como laptops o notebook; y hacer qué los docentes aprovechen ese aparato para facilitar el acceso a otros mundos que por sí solos nuestros alumnos o alumnas jamás visitarían…

Hace un tiempo, leí el extracto de Gabriel Brener, dónde comenta su inolvidable conferencia en Francia, un martes 27 de junio de 2006 en el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología. Que realizó el pedagogo Philippe Merieu donde esbozó una hipótesis muy valiosa, que además me interpeló en lo personal, por mi edad y condición de padre y madre. El pedagogo sostuvo que lo que hoy separa a una persona de 40 o 50 años de un adolescente de 14, es decir, esa distancia generacional, es equivalente a lo que separaba a 7 generaciones hace un siglo. La cantidad e intensidad de cambios que se han vivido en los últimos 25 años arrojan una serie de problemas tan novedosos para los cuales parece no haber recetas previas. Como evidencia ofreció un interrogante: ¿A qué edad hay que comprarle un celular a un chico?

El celular es todo un símbolo de esta época, objeto omnipresente, en todos lados, públicos y privados. Y en el caso de los adolescentes, estamos frente a la propia extensión de la mano, más precisamente del pulgar, una prótesis identitaria aunque también, una brújula. Síntesis portátil de la cultura audiovisual que marca un nuevo latido en la sociedad, que conjuga velocidad y comunicación, musicaliza encuentros en cualquier rincón.

Y en los colegios, el celular parece ocupar el lugar de la gran interrupción. De clases, explicaciones y también evaluaciones, asunto que amerita la elaboración de ciertas reglas que regulen su uso para lograr una mejor convivencia. Lo que puede ser atractivo es la irrupción del celular como buena excusa o mejor dicho, como interrupción de la manera habitual que tenemos de ver las cosas en la escuela. Propongo pensar al celular como un analizador, en el sentido de algo que puede poner al descubierto diversas tensiones o problemas de la relación pedagógica, que suelen ser anteriores a la aparición de este aparato. En la medida que nos permita analizar los porqué y los dónde de los desencuentros generacionales entre docentes y adolescentes, o si podemos hacer visibles los sentidos o sinsentidos de lo que ocurre en las aulas. Comparto una situación:

“Hace unas semanas, en una capacitación que realicé con directivos y docentes de colegios subvencionados y particulares, un directivo compartió una situación que ocurrió en su establecimiento… ‘Al iniciar una clase el docente solicitó a sus alumnos que apagaran el celular. De inmediato una alumna le dijo que tenía que dejarlo encendido. El profesor comenzaba a ensayar su respuesta, que se vio interrumpida por esta alumna que, frente al evidente enojo del docente lanzó con rapidez su incontrastable explicación: es que tengo un hermanito bebé y está enfermo y grave, por eso no puedo apagarlo! Mi mamá podría llamarme.’

Podríamos identificar muy diversas situaciones que el celular provoca en la vida cotidiana de los colegios. Suele concentrar mucha energía el control de este aparato, en especial dentro del aula y en hora de clases. Y los modos de resolverlo son disímiles. Lo más frecuente es la prohibición aunque bien sabemos que eso a veces aumenta la tentación por navegar la trampa y la transgresión. Podríamos suponer que las diferentes y creativas regulaciones están en sintonía con la diversidad de culturas institucionales, con la forma de organizar la vida en cada escuela y en sus aulas. El amplio espectro de acciones va desde la sanción como única respuesta, canastos que ofician de estacionamiento para celulares (por horas, de media estadía o completa) aunque también el celular como recurso didáctico, con aplicaciones o programas para optimizar la enseñanza en el aula. Existen variados programas didácticos que pueden incorporarse dentro del aula con apoyo de pizarras interactivas como el de la “Divisibilidad de números naturales”.

A veces solemos confundirnos y caemos presas de una especie de ‘celucentrismo’, que concentra en este aparato el centro del problema eludiendo lo que parece importante discernir. Sabiendo de la complejidad que significa sostener una clase con adolescentes en esta época es más que necesario regular el uso del celular acordando pautas que se ajusten a cada contexto, siempre sujetas a renegociaciones futuras. Pero también hay una oportunidad, y es la posibilidad de ver al celular como acceso, a nuevos sujetos sociales en la escuela (la situación relatada daría cuenta de ello), a otras portaciones culturales, a nuevos recursos para la enseñanza y el aprendizaje. Hay numerosas experiencias en el uso del celular como recurso de enseñanzas y aprendizajes. Un sitio muy interesante para seguir el debate sobre el uso escolar del celular, lo puedes encontrar enhttp://celumania.bligoo.com.ar  , entre muchos otros.

*Organizar el trabajo escolar

El celular, aunque también las computadoras, y ni que hablar las notebooks o laptops alteran de manera importante el paisaje cotidiano de las escuelas. Pero no negativamente, fue tremendamente gratificante darme cuenta que las niñas y niños, se reúnen alrededor del patio y en actividades grupales generando el trabajo en equipo. Es probable que algo de ello haya ocurrido con la calculadora en su momento, aunque sería más apropiado compararlo con el impacto y revolución que produjo el libro cuando entró en la escuela. Se trata de tecnologías que interpelan y perturban los cimientos sobre los que se construyen las relaciones pedagógicas en las escuelas.

Hay algo que se conoce como gramática escolar; y según Tyack, David y Cuban, Larry “En busca de la utopía. Un siglo de reformas de las escuelas públicas”. México: Fondo de Cultura Económica (2001) permiten explicar que en las escuelas funciona de una manera y no de otra. Quiero decir que esta forma de ser de la escuela tiene que ver con una particular división del tiempo, de distribución del espacio, de los alumnos en las aulas, del uso de los objetos, del valor de las calificaciones escolares, del fraccionamiento del conocimiento en varias materias, entre otras cosas. Es una manera de organizar la escuela que se ha ido sedimentando a lo largo de los años, y es percibida como la única posible. Esta gramática escolar nos ayuda a entender porque existe tanta resistencia a los cambios. La idea de gramática se toma prestada, porque nos recuerda a la forma de organizar la comunicación verbal. Más precisamente lo que se quiere decir es que cuando hablamos no estamos atentos a la gramática del lenguaje, del mismo modo que no somos conscientes de la gramática escolar cuando actuamos en las escuelas; es decir, esas reglas no necesitan ser demasiado conocidas para poder operar eficazmente. Allí reside su mayor fortaleza, y en especial si necesitamos comprender la manera en que la escuela tiende a conservar y a reproducir el estado actual de las cosas. No se trata entonces tanto de un conservadurismo consciente, sino más bien, de hábitos y prácticas institucionales que no se ponen bajo sospecha y una poderosa creencia cultural que la escuela debe ser así y no de otra manera.

La gramática escolar pone en evidencia la dificultad de generar cambios en el territorio de la escuela. Dificultad que no significa imposibilidad, sino que nos advierte que los cambios deben darse acompañados de una serie de condiciones del contexto, de las instituciones y de las personas. Y que además en la escuela, así como en otros procesos culturales, los cambios son más lentos que en otras esferas de la vida social. Y más aún cuando nuestro medioambiente está atravesado por el imperativo de la velocidad, el zapping y el consumo del llame ya!

Teniendo en cuenta lo antedicho, es probable anticipar diversas formas de resistencias que se activan frente a todo tipo de cambio que intenta poner en cuestión o alterar el estado de cosas de las escuelas.

¿Educando con el celular?

En la historia del sistema educativo hemos sido testigos de una tendencia dominante a escolarizar algunas prácticas u objetos que por fuera de la escuela funcionan de otra manera. Probablemente aquella fuerza conservadora de la gramática escolar junto a ciertos modos de clasificar y ordenar, propios de la cultura escolar, constituyan dispositivos de encorsetamiento.

Es así como la escuela, como otras instituciones modernas, esta cruzada por una permanente tensión entre el cambio y la conservación. Que las cosas sean así o que puedan ser de otro modo. Si se escolarizan en clave conservadora, disciplinando todo aquello que ingresa para que se amolde al status quo, o arriesgarse a escolarizar en una versión más emancipadora, asumiendo los riesgos y la incomodidad de aquello que aporta lo nuevo cuando entra sin tanto permiso, “jaqueando” ese “aquí siempre se hizo así”.

 

El ingreso de las computadoras en la escuela nos ayuda a ejemplificar esta disputa. En muchos casos, pasan a formar parte de lo que se denomina laboratorio de informática, pero se parecen mucho menos a un ámbito para explorar y ensayar un nuevo área de conocimiento, que a esos museos del se mira y no se toca cuando no del quien tiene la llave para entrar…

También podríamos pensar en el ingreso del teatro como espacio curricular en la escuela. Su escolarización en clave conservadora se plasma en las resistencias a reconocer el potencial y riqueza expresivos de este lenguaje artístico anteponiendo solo el valor utilitario para resolver mejor un acto patrio.

Si logramos aprovechar la fuerza del otro para involucrarnos en su camino, y el otro en el nuestro, quizás podamos agregarle valor, o habilitar una llave de acceso a otros mundos que, por si solos nuestros alumnos o alumnas no visitarían.

En muchas situaciones desconociendo esta clave solemos avanzar como con un escudo, oponernos tipo frontón, con los riesgos de la mutua agresión. O peor, estamos allí pero absolutamente ausentes, como quien solo ve pasar a los otros y al tiempo. Son versiones de la omnipotencia y de la dimisión, que no hacen más que alimentar (y aumentar) los monólogos yuxtapuestos y un estado de queja permanente. Lo importante es ampliar los límites lo más posible, para que las metas de las niñas y niños sean absolutamente alcanzables…

Por Lisset Molina

Profesora de Educación General Básica, Licenciada en Educación. Especialista en Evaluación Educacional y Psicopedagogía. Capacitadora y Asesora de docentes y directivos de colegios tanto subvencionados como particulares.

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